domingo, 21 de febrero de 2010

-¿Por qué no nos vamos?-preguntó.
-¿Adónde?
-Lejos.
No pude evitar sonreír, pero ella no me correspondió.
-¿Hasta dónde? -pregunté.
-Hasta donde nadie sepa quiénes somos ni les importe.
-¿Es eso lo que quieres?-pregunté.
-¿Y tú no?
Dudé un instante. (...)
Cerró los ojos y su rostro se torció en una máscara de dolor. Un instante después dejó escapar un gemido profundo y empezó a golpearse el rostro y el cuerpo con los puños. Me abalancé sobre ella y lo rodeé en mis brazos, inmovilizándola. Cristina forcejeaba y gritaba. La presioné contra el suelo, sujetándola por las manos. Se rindió lentamente, exhausta, el rostro cubierto de lágrimas y saliva, los ojos enrojecidos. Permanecimos así casi media hora, hasta que sentí que su cuerpo se relajaba y se sumía en un largo silencio. La cubrí con la manta y la abrecé por detrás, ocultándole mis propias lágrimas.
-Nos iremos lejos -le murmuré al oído sin saber si podía oírme o entenderme -. Nos iremos lejos donde nadie sepa quiénes somos ni les importe. Te lo prometo.

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